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Pedir ayuda no te hace incapaz: por qué nos cuesta tanto pedir ayuda

hace 1 día
6 min de lectura
me cuesta pedir ayuda

Es increíble como hay tanta gente a quien le cuesta muchísimo pedir ayuda con algo.


Y no porque no la necesite, ojo, sino porque ha aprendido a asociar el hecho de necesitarla con algo que no quiere ser: vulnerable, dependiente, incapaz, insuficiente o incluso interesada.


Y creo que tenemos un problema con esto.


Pedir ayuda es un concepto bastante mal entendido. Al menos en nuestra sociedad, donde tendemos a pensar que si necesitas algo de otra persona estás ocupando una posición de inferioridad respecto a ella.


Como si quien pide tuviera menos y quien da tuviera más.

Como si el que pide quedara automáticamente en deuda.


Y eso hace que muchas personas pierdan muchísimo tiempo intentando resolver solas cosas que, probablemente, podrían solucionar en mucho menos tiempo si se atrevieran a preguntar.

Hemos llevado la idea de autonomía a un terreno bastante absurdo: el de creer que necesitar a otras personas es una especie de fallo.



te cuesta pedir ayuda

¿Por qué nos parece normal pagar por ayuda, pero no siempre recibirla de alguien cercano?


Hay algo bastante curioso en nuestra relación con la ayuda: la legitimamos solo cuando hay dinero de por medio.


Si no sabemos arreglar un electrodoméstico, llamamos a un técnico. Nos parece completamente normal. No pensamos que somos incapaces por no saber hacerlo, es un tipo de desconocimiento que, por lo que sea, no nos ofende. No nos hace menos.


Y tampoco pensamos que estamos abusando del técnico por pedirle que haga su trabajo. Le pagamos y asunto resuelto.


Pero imaginemos que tenemos una amiga que trabaja en Recursos Humanos y estamos buscando trabajo. Tenemos dudas con nuestro CV y pensamos que podría echarle un vistazo.

Ahí aparecen otros pensamientos: “No quiero molestarla”, “va a pensar que soy una interesada”, “ya tiene bastante trabajo”, “qué morro pedirle esto”.


¿Dónde está exactamente la diferencia?


En un caso hemos pagado por la ayuda y, por tanto, la consideramos legítima.Tenemos derecho a ella. Pero en el otro, alguien nos ayuda porque quiere hacerlo, porque tenemos una relación, porque puede aportarnos algo que nosotros no sabemos o simplemente porque hoy puede echar una mano. Y parece que ahí aparece una especie de incomodidad moral.


Como si pedir algo sin pagar por ello estuviera feo. Como si too lo que no sea pasta mediante fuese un abuso.


No digo, evidentemente, que tengamos derecho a pedir cualquier cosa a cualquier persona. No se trata de eso.


Lo que me pregunto es ¿cuándo hemos convertido en algo legítimo la ayuda profesional y, en cambio, nos cueste tanto naturalizar la ayuda entre personas?





vergüenza pedir ayuda


Nos avergüenza no saber


Hay otra cuestión que me parece todavía más interesante: nos da vergüenza no saber hacer determinadas cosas, pero otras, no.


No saber instalar una red wifi es perfectamente aceptable. No saber arreglar una avería, también. Para eso existen profesionales.


Pero hay cosas que nos cuesta muchísimo más reconocer que no sabemos hacer porque, en algún momento nos hicieron creer que "ya deberíamos saberlo".


Por ejemplo:

  • escribir un mail profesional.

  • gestionar tus finanzas o saber invertir

  • afrontar una conversación difícil o negociar

  • buscar empleo o hacer bien un CV

  • tomar decisiones


Y entonces, como no lo sabemos y nos avergüenza, en lugar de preguntar, nos ponemos a investigar, a darle vueltas, a preguntarle a la IA o, directamente, lo aplazamos.Durante días, meses o incluso años.


No porque no exista ayuda disponible, sino porque pedirla nos hace sentir que estamos reconociendo algo sobre nosotros mismos que no queremos reconocer.


Y aquí creo que hay una pregunta interesante: ¿qué cosas de tu vida estás intentando resolver por tu cuenta simplemente porque te cuesta reconocer que no sabes cómo hacerlo?


Porque no saber algo no es el problema. El problema aparece cuando convertimos el “no sé” en un “es que ya debería saberlo”.


La cuestión no es si vamos a necesitar ayuda. La cuestión es cómo nos relacionamos con el hecho de necesitarla.

me sabe mal molestar

La exigencia de la autonomía


Creo que esto tiene bastante que ver con la importancia que damos a la autonomía. Es casi como una obligación y una muestra sobre tu capacidad.


Ser independiente. Poder sola con todo. Resolver tus problemas. No necesitar a nadie. No molestar. No depender.


Todo eso suena bien en la teoría y en un mundo ideal, por supuesto. Y es que tener recursos propios y capacidad para desenvolverte es algo positivo, evidentemente. Pero hemos llevado la idea de autonomía a un terreno bastante absurdo: el de creer que necesitar a otras personas es una especie de fallo.


Y es imposible.


Ninguna persona es completamente autónoma. Dependemos de otras personas constantemente. Para aprender, para trabajar, para cuidar, para crear, para tomar decisiones, para entender cosas que no sabemos y, por supuesto, para atravesar determinadas etapas de nuestra vida.


La cuestión no es si vamos a necesitar ayuda. La cuestión es cómo nos relacionamos con el hecho de necesitarla. Porque vamos a necesitarla, seguro.


Y probablemente sería mucho más saludable aprender a diversificarla y naturalizarla en lugar de convertirlo en una prueba de nuestras carencias con la que nos cuesta lidiar. Porque ahí está la cosa, en que a pesar de saber que tenemos carencias (como humanos que somos) nos cuesta la vida pedir ayuda para resolverlas, porque no nos gusta la imagen de nosotros mismos que nos devuelve ese gesto.


Eso no es autonomía, eso es fragilidad de ego.


Una persona autónoma no es la que puede hacerlo todo sola, sino la que sabe identificar qué necesita y buscar los recursos adecuados para conseguirlo.


cómo pedir ayuda sin parecer dependiente

A veces no necesitamos pedir ayuda. Necesitamos preguntar.


Las palabras tienen una carga enorme, y en este caso es muy significativo que lo que frena a muchas personas a la hora de pedir ayuda sea el verbo, justamente: "pedir".


A nadie le gusta pedir porque, mentalmente, quien pide se ubica en una situación de desventaja, de deuda, de incomodidad... Y esto, que para ti que me estás leyendo igual no sea nada, para muchas personas es un freno real.


Porque antes incluso de pedir nada, imaginan lo que la otra persona pensará: si estarán abusando, si es pedir demasiado, si después tendrá que devolverle el favor o si la relación quedará desequilibrada.


Por eso me gusta una reformulación que puede parecer pequeña, pero que cambia bastante el marco: en muchas ocasiones, en lugar de pensar que estamos “pidiendo ayuda”, simplemente podemos pensar que estamos preguntando una duda.


No es lo mismo decir “¿me puedes ayudar con mi CV?” que “Estoy revisando mi CV y tengo una duda sobre cómo estoy planteando esta parte. Tú trabajas en Recursos Humanos, ¿me puedes dar tu opinión?”.


En el segundo caso no estás declarando tu incapacidad ni colocando a la otra persona en la obligación de resolverte nada. Estás reconociendo algo mucho más sencillo: esa persona sabe algo que tú no sabes y has decidido preguntarle.


Y esto, que parecer una chorrada monumental, es importante. Porque muchas veces la dificultad no está tanto en pedir como en todo lo que hemos colocado alrededor de la palabra “ayuda”.



me cuesta pedir ayuda


Pedir ayuda también es un acto de confianza


Una cosa que me ha llamado siempre la atención es que la mayoría de personas a quienes les cuesta pedir ayuda son las que acostumbran a dar mucho.


Ayudan, escuchan, resuelven, están disponibles, hacen favores y sostienen a los demás. Pero cuando llega el momento de ocupar el otro lugar, se sienten incómodas. No quieren molestar (otra vez con lo mismo), les sabe mal, no saben cómo hacerlo, no están acostumbradas a verse en ese lugar...


Si te pasa, déjame preguntarte algo: ¿acaso los demás no tienen también derecho a ayudarte?


Cuando alguien a quien queremos nos pide ayuda, muchas veces no pensamos “qué pesada” o “qué interesada”. Si podemos hacerlo, simplemente pensamos: “Claro, ¿qué necesitas?”.


Incluso puede hacernos sentir bien que alguien haya confiado en nosotros lo suficiente como para pedirnos algo.


Entonces, ¿por qué asumimos que nosotros estamos molestando cuando hacemos exactamente lo mismo?


Quizás, saber recibir también sea una forma de cuidar nuestras relaciones.



pedir ayuda


Aprender a recibir


Por eso, creo que pedir ayuda y saber recibirla son dos caras de la misma moneda.


Porque recibir implica aceptar que no tienes que poder con todo. Implica permitir que otra persona haga algo por ti sin que eso disminuya tu valor ni tu capacidad.


Y, sobre todo, implica aceptar que las relaciones no tienen que funcionar siempre en una única dirección.



Así que la próxima vez que te encuentres pensando “debería poder resolver esto sola”, puedes hacerte una pregunta diferente: ¿realmente quiero hacerlo sola o me da reparo (me sabe mal, me da cosa, blabla...) preguntar?


Porque son dos cosas muy distintas.


Y quizá el problema no sea que necesites ayuda. A lo mejor, el problema es todo lo que nos han hecho creer o lo que te has contado sobre lo que significa necesitarla.


Pedir ayuda no te hace menos capaz. A veces, simplemente significa que has entendido que no tienes por qué saberlo todo.



 
 
 

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